Cosas que pasan

Empezar cuesta. Mantenerse es difícil. Crecer duele. Y en el medio se aprende bastante. Estas son algunas de las cosas que pasan en el viaje de MINIMOS. 

Una idea, para empezar

Nos la pasamos creando tantas cosas, todo el tiempo, que pusimos a la muerte de moda. De la radio, de los diarios, de la televisión, de las historias, del periodismo y los periodistas, del interés. Y todas esas muertes las necesitamos ya, porque nos volvimos adictos al momento, y no podemos perder ni un segundo más.

Así que aprendimos a enredarnos. Y a contar caracteres, y amar imágenes por un segundo y medio y soltar. La filosofía oriental se esforzó tanto, lo que necesitábamos era una app. Pero el problema de deshacerse de algo sin saber muy bien por qué, es que la primera cosa que más o menos funciona se parece bastante a la solución. Como tener hambre y encontrar una vieja caja de bombones media llena en el fondo de la heladera.

Una idea. El periodismo no murió, el interés no murió, una buena historia no sabe cómo morir. Todavía, aún hoy, sirven si logran tocar a una persona y cumplir con la leve tarea de hacer que entienda un poco mejor cómo vivir su día. Y sucede que a veces, para alcanzar ese fin muy concreto, las redes enredan, los caracteres no tienen carácter y, vaya sorpresa, la memoria sí te da una mano.

Pero los medios de noticias. Los diarios, todos los que cuentan cómo funciona el mundo, a veces quieren adaptarse y se confunden, se olvidan de hacer eso que hacían, ser eso que eran: el pequeño plan de contar una historia y lograr que una persona entienda algo más que lo ayude a vivir su día.

Para empezar. Queremos hacer eso, adaptarnos al impulso que no nos deja respirar, que nos exige algo nuevo todo el tiempo y nos robó la paciencia, pero a la vez ser gotas de tinta en un vaso de agua, expandirse y teñir, dejar señales.

Así que MINIMOS. Va a correr y ponerse ansioso y pedir todos los tragos de la carta, pero también va a tomar nota para elegir mejor la próxima. Y que la experiencia valga.


 

Parece que fue ayer

El tiempo pasa, casi siempre igual para todos. Pero entonces te llega un mail que dice que el dominio de tu web está por vencerse porque pasó… ¡un año desde que lo registraste!

– Imposible mail, debés estar un poco confundido.

Le digo mirándolo directo al asunto. Es que no hay forma de que entre aquel momento súper excitante de anotar el nombre de la cosa no humana que más quierenos y hoy, se hayan amontonado 365 días, uno arriba del otro.
 
– Haceme el favor y contá de nuevo, ¿querés?
 
Pero estos algoritmos prefabricados rara vez se equivocan.
 
Así que pasó un año y ahí estaba el proyecto, a punto de ser un NN más. Y no estuvo mal haberse tomado tiempo, estudiar a los competidores, consultar, leer, subrayar, volver a leer la parte subrayada, tipear todo y releerlo en voz alta en la pantalla. Pero es que llega un momento en que sólo queda una cosa: empezar. Y si no, hay un punto en que cuanto más tardes, más te alejes de ese preciado día.
 
Lección del día: cuando la idea este bastante cerrada, cuando lo técnico se haya resuelto y las dudas no griten tanto, poné una fecha y decísela a alguien, compromete para que por lo menos la culpa te ayude. Por ahí ese día se pasa y nada, pero vas a estar más cerca. Y la próxima fecha quizá sea la fecha. Sacátelo de adentro para que el mundo se entere, y entonces andá y hacelo, y que todos vean
 

 

El diseñador web desconfía

No es mala idea tener a alguien cerca que te recuerde que hay más de una manera de hacer las cosas; en realidad, es una gran idea. Pero a veces se hace difícil.

Nuestro diseñador web es ese alguien.

– ¿Y qué más?, preguntó cuando le contamos cómo queríamos la web.

– Básicamente eso. Una página simple, enfocada.

– ¿Pero sin imágenes?

– Sin imágenes.

– Se enteraron de que la gente ya no lee, ¿no?

– Sí, pero queremos probar algo distinto.

– Ok…

Ese «Ok» dolió, pero somos grandes y podemos superarlo.

La situación se puso un poco más tensa cuando llegamos al diseño del mail.

– Acá pongo el título, acá la foto -decía mientras lo dibujaba en una hoja del cuadernito en el que anotaba todo-, y les dejo un par de renglones para que puedan escribir algo.

– No, no… el título ocupa menos espacio, y vamos a necesitar más que dos renglones para escribir.

– ¿Cuántos?

– Digamos… toda la pantalla del celular.

Nuestro diseñador web nos miró como si lo estuviéramos cargando. Por eso costó un poco más de la cuenta lo que seguía.

– Y no va a haber fotos, sólo texto.

Entonces cerró el cuadernito, dejó la brome y se inclinó sobre la mesa, tan cerca como para escucharlo susurrar:

– Ustedes me pagan, así que voy a hacer lo que me pidan -dijo como si hubiéramos tocado su orgullo web-, pero cuando les vaya mal, ni se les ocurra echarme la culpa.

Perfecto, además de todas esas dudas sobre el proyecto, ahora nos sentíamos amenazados por nuestro diseñador web. La primera reunión no podría haber ido mejor.

Obviamente esperábamos con ansias la segunda…


 

Sh#t happens

Eran las 5.30 AM, la alarma había sonado tres veces y de alguna forma habíamos esquivado todo con los ojos cerrados para llegar sanos y salvos a la pantalla para terminar MINIMOS y enviarlo. 

Sólo un detalle: se cortó Internet. Y resulta que es difícil publicar un medio de noticias digital sin Internet.

Claro que hay un protocolo para cuando eso pasa: 1) insultar; 2) Esperar a que se solucione por arte de magia; 3) El famoso enchufar y desenchufar; 4) Volver a insultar/pegarle a algo con ruido pero sin que se rompa; 5) Usar el poder mental y mirar muy firme el símbolo de conexión; 6) Resignarse y pensar qué bar estará abierto para usar su Internet.

Antes de salir y volver a chequear e insultar un poco más.

Todo el proceso no toma más de 20 minutos, que a esa hora y con la urgencia de terminar de editar el newsletter se pasa muy rápido y con bastante estrés.

Pero como dicen por ahí, sh#t happens. 

Lección del día: aceptar que cosas inesperadas van a pasar. Prepararse para resolverlas lo antes/mejor posible. No ahogarse en un vaso de agua. Seguir con el mundo de cosas importantes que resta hacer. Y, quizá, cambiar de empresa de Internet.


 

La respuesta es «Nadie»

La pregunta de ¿Quién nos mandó a hacer esto? es como ese dolorcito que aparece en los peores días. No te detiene, pero está ahí, pinchando.

Y está bien, porque hacer algunas cosas, sobre todo las que no son tan comunes, para las que no hay un camino claro ni garantías, asustan. 

Dicen que hoy entendemos todo al revés sobre los laberintos: que los primeros tenían un solo camino rebuscado, y que en un punto llegabas al centro, en donde te conectabas con tu dios, asumías algún compromiso o superabas algún tipo de desafío personal, y después seguías el mismo camino y llegabas a la puerta de salida. Que no estaban hechos para perderse, sino para encontrarse. 

Pero primero debías dar muchas vueltas y enfrentar momentos difíciles.

Lección del día: es así, hacer lo que nadie te mandó a hacer se parece bastante a un laberinto. Y si por momentos te sentís perdido/da, está bien.


 

El diseñador web nos invitó un fernet

Y eso sólo vale un texto.

Después de una cierta cantidad de mails, mensajes, charlas y reuniones con los candidatos a diseñador web, te acostumbrás a escucharlos hablar como si estuvieran cansados de oír siempre la idea más tonta, pero igual, de generosos que son, de algún lado sacan la paciencia y grandeza para adaptarse.

Por eso, cuando el que habíamos elegido nos escribió para vernos -y aunque la amenaza de la primera reunión todavía asustaba un poco-, estábamos preparados para casi cualquier cosa.

– Estuve pensando, y creo que puedo hacer algo que esté bien con lo que me piden.

«Que esté bien». Y nos contó de qué manera podía respetar el plan original, pero también mejorarlo. Cómo iba a hacer todo un poco más atractivo, con mejor diseño y enganche, aún con nuestra «gran idea» de evitar las imágenes. A veces teníamos que contener la risa, se notaba cómo luchaba con el impulso de hacernos un bollito, tirarnos a la basura y empezar todo de cero. Pero se contenía.

Y resultó que sus ideas estaban bastante bien, y de verdad mejoraban el plan original. Eran cosas que nunca se nos habrían ocurrido a nosotros, una manera distinta de ver; así que agarramos el fernet, nos recostamos en la silla y escuchamos cómo sería el nuevo MÍNIMOS, mezcla de nuestras ganas e insistencia y de sus ideas.

Y para cuando los vasos estaban vacíos, nos sentíamos bastante confiados con la decisión de haberlo elegido a él.

Lección del día: ser lo más parecido a un fanático extremista cuando todo el mundo te dice que no va a funcionar, pero en algún cajón escondido guardá esa duda que se inquieta cuando alguien aparece con una buena idea. Hasta un diseñador web un poco resignado y con el orgullo tocado podría sorprenderte.


 

Perfecto, ¿a qué hora les queda bien?

Entonces un día casualmente nos cruzamos con su nombre en Internet (y claro que “casualmente” quiere decir que teníamos unas 14 pestañas abiertas con notas sobre él/ella). Era un emprender/a que por los 30 había logrado lo que busca la mayoría: su startup fue todo un éxito, la vendió a las personas indicadas por el precio indicado, y a disfrutar (que para esta gente significa pensar cómo volver a empezar otro proyecto y hacer la diferencia).

Así que si había una persona (hay otras, claro) que podía contarnos de qué se trataba empezar algo de cero y llevarlo de la mano a su mejor versión, era ésta. El problema era cómo lograr que se interesara, qué compleja estrategia usar para llamar su atención. Y de golpe nos llegó: ya que nos pasamos buena parte de nuestro día mandando mails… por qué no probar con un mail.

Así empezó el proceso de escritura del correo: no podía ser largo, pero tampoco monosilábico, debía ser conciso pero completo, serio pero con algo de humor, agradecido, no desesperado, descriptivo y sin spoiler.

Después de unas cuantas versiones apareció la definitiva, apretamos ENVIAR y allá fue. Ahora tocaba la peor parte: esperar, contener la ansiedad los días o semanas que pudieran pasar hasta que el Sr/a. Emprendedor/a se decidiera a contestar, si es que alguna vez lo hacía, y prepararse para la respuesta, porque esta gente importante tiene un golpe de suerte y ahí nomás, de la noche a la mañana, se olvida de que una vez ellos también… ¡CONTESTÓCONTESTÓCONTESTÓ!

Sí, contestó, diciendo “perfecto, puedo tal día de la semana que viene, ¿a qué hora les queda bien?”.

Y ese día finalmente llegó, una buena hora de preguntas y charla y consejos. De apoyo, sobre todo. Y la hora pasó, se hizo el momento de apuntar lo que hablamos y después de un rato para pensar y procesar todo lo que había pasado, de sentarse frente a la pantalla y empezar a escribir: “Perfecto, ¿a qué hora les queda bien?”.

Lección del día: la mejor forma de que la persona indicada te dé un consejo… es pidiéndoselo. Y si la persona vale lo que por ahí dicen que vale, lo más probable es que justo le sobre esa hora que te puede dedicar a vos..


 

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